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Club San Huberto, desde 1958 dedicado a la Pesca y a la Caza.

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Los pescadores..., ¿otra especie en peligro? PDF Imprimir Correo electrónico

El siguiente texto pertenece al capitulo 1 del libro "Conservación de las Corrientes de Aguas" de J. Michael Migel en el cuál, él y otros, tratan el problema de la contaminación de las aguas. Este libro fue editado en Estados Unidos con el nombre ingles "The Stream Conservation Handbook" el cual fue publicado en la década del setenta, la primera edición en castellano salió en 1977.

El objetivo de esta transcripción es informar los problemas más comunes de contaminación de ríos, arroyos y lagos; la manera en la cual cada uno puede ayudar a que esto no suceda y fundamentalmente aprender de las experiencias que tuvieron otros países y como lo solucionaron, para prevenir la contaminación y no tener que curar a nuestros hermosos ríos en el futuro.

La Escuela de Pesca con Mosca del Club San Huberto posee en la biblioteca con varios ejemplares de este libro, el cual nos gustaría que todo alumno leyera y difunda.

Los pescadores..., ¿otra especie en peligro?

J. MICHAEL MIGEL

- 1 -

En su interesante obra clásica, The Compleat Angler, Izaak Walton y Charles Cotton propugnaban una doble perspectiva en la búsqueda de los peces de agua dulce: afirmaban que una parte memorable de la jornada era la pesca "buena y abundante", pero que había otra faceta igualmente importante: la gracia natural y la tranquilidad de que disfruta la persona que se aproxima al hábitat de los peces, descansa junto a sus orillas o se interna en sus aguas. Estos pensamientos iniciaron una tradición que aún perdura y que es hoy un camino transitado por todos los buenos pescadores de caña.

En efecto, en el agua, en el agua dulce y fluente - clara y fría en las corrientes de agua septentrionales, donde el pescador de truchas y salmones extiende su brazo y deleita su vista; más templada y túrbida en el sur, donde boga el pescador de lobinas y bremas- es donde empieza, se consuma y palpita cualquier aventura de pesca. Y todo pescador. Sea hombre o muchacho, que ame realmente este deporte guarda dentro de si, como un patrimonio personal, una nostálgica ternura por algún arroyo, río o riachuelo- El ojo de su mente puede proyectar instantáneamente un arroyuelo, un remanso o un rabión que le entregó generosamente sus frutos o donde un pez de gran tamaño lo venció después de reñida lucha. El río de un pescador es su hogar durante los meses de estío, y la fuente de muchos de sus sueños invernales más placenteros.

Mi río era el Schoharie, y como todos los pescadores que frecuentan obstinadamente un curso de agua particular, mis recuerdos podrían llenar un libro.

Durante años, cuando empezaban a brotar las hojas me dirigía a las márgenes del Schoharie, ansioso por ver cuales eran los cambios producidos por las lluvias y crecientes de primavera. Generalmente quedaba satisfecho: la mayoría de los viejos "refugios, los recónditos lugares secretos, habían resistido los embates del tiempo; quizás aparecían algo diferentes ese año, pero aún estaban allí.

Más tarde, en la ‚poca en que el cielo se cubría de perezosos cúmulos y, algunas veces, de amenazadores nubarrones negroplomizos mi río y yo flirteábamos. Recuerdo los largos y cálidos crepúsculos en que la trucha boqueaba y picaba u otros atardeceres en que el aire suave estaba punteado de cachipollas, pero los peces no subían a la superficie para atrapar el señuelo y había que pescarlos con la nasa.

En esas alturas montañosas, el final de cada temporada de pesca traía las primeras heladas, los días se hacían más cortos y el paisaje se teñía con mil colores diferentes. El caudal del río disminuía a causa de la sequía y yo salía a pescar con mis moscas, que jugaban entre las hojas color castaño y carmesí. Las aguas estaban quietas y tranquilas, como si esperasen la llegada del frío. Y, por último, cuando en las postrimerías del otoño o en pleno invierno pasaba de largo, camino a las guaridas de los guacos y chochas o me abría paso entre la nieve crujiente aguardando el ladrido de los sabuesos, el río parecía oscuro con tonalidades azulnegruzcas. El agua solía escurrirse desde las márgenes y a veces se veían carámbanos y masas de hielo pulverizado, con sus formas cristalinas iridiscentes; las tormentas equinocciales habían llenado las fisuras del suelo y elevado la capa freática, de modo que su flujo renovaba el nivel del Schoharie. Estaba convencido de que el ciclo se repetiría indefinidamente y presentía que yo seguiría siendo cautivo voluntario de ese río durante todo el curso de mi vida de pescador.

Pero me equivocaba.

Hace varios años, mi río y yo empezamos a separarnos. Todavía capturaba algunos peces en sus aguas, pero generalmente eran ejemplares pequeños y esto despertó mi inquietud. El río era diferente, había cambiado. Como le ocurre a muchos otros pescadores cuando están descontentos, yo también empecé‚ a buscar nuevos cursos de agua. No traté de averiguar las razones: me dirigí a otra parte.

Desde el comienzo de mi relación con el Schoharie, mi guía y maestro fue Art Flick. Una noche, mientras charlábamos, le conté que ese día obtuve un pequeño pique frente a la hoya de Greenhouse. Había capturado y puesto en libertad varios ejemplares: dos eran piezas buenas, el resto pececillos menudos, todavía inmaduros, pero sea como fuere, comenté‚ el río ya no era, definitivamente lo que había sido en el pasado.

Después de mirarme largo rato, Art me preguntó:

-¿Que vio en el río?

Creyendo que aludía a las moscas cachipolla contesté:

- Primero, algunas Grey Foxes y después unas Dorotheas.

- No, respondió -. No me refería a las moscas. ¿No vio, por casualidad, algo de basura?

Pensé un momento.

La presa que me guardé pico cerca de un viejo neumático de camión hundido. Saqué un alevino junto a un trozo ondulado de material plástico, que de lejos parecía una anguila muerta.

-¿Vio algunas latas de cerveza? - insistió Art. Recordé que había varias. Art cambió de tema -. ¿Qué profundidad calcula que tenia el agua junto a la orilla opuesta del Greenhouse?

- Un metro o un metro veinte - contesté. -¿Qué profundidad habría tenido hace seis o siete años si el río hubiera corrido a la misma altura?

- De dos metros y medio a tres metros.

- ¿ Cómo está compuesta ahora la mayor parte del lecho?

- Arena fina, un poco de cieno, grava suelta. - Y captando al fin el sentido de las preguntas de Art, proseguí:

Pero años atrás había grava gruesa con rocas adheridas firmemente al fondo.

Durante dos horas Art pasó revista a la historia del Schoharie, una historia que yo conocía en parte y que, en parte, había transcurrido antes de mi época. En Prattsville se construyó una represa; desde allí el agua era alimentada a través de un túnel excavado bajo las montañas hasta su confluencia con el Esopus y el Flume. Durante años las aguas del depósito de abastecimiento de Prattsville fueron suficientemente frías y profundas como para que la trucha arco iris pasara allí el verano y en la primavera migrara a lo largo del Schoharie, pero con el tiempo los sedimentos llenaron el lago, en el que ahora sólo habitan lobinas y percas.

Aunque el huracán de 1954 y varios años de sequía causaron grandes daños al río, este se habría recuperado, pero en Hunter se instalaron unas pistas de esquí. Esto fue beneficioso para los comerciantes, porque la ciudad, en vez de ser un simple lugar de veraneo, se convirtió en un centro turístico abierto todo el año, pero perjudicó al Schoharie, porque los planificadores levantaron sus departamentos y condominios demasiado cerca del río y usaron sin medida sus aguas. Desde Hunter, la gente levantó casas de veraneo a lo largo de las márgenes del río y proliferaron los centros de turismo. Las aguas fecales y los detergentes provocaron la contaminación de las aguas.

Por último, el estrecho camino de dos carriles que corría a lo largo del valle se convirtió en una supercarretera, y durante y después de su construcción toneladas de sedimentos y grava suelta se depositaron en el curso de agua. Las hoyas de primavera quedaron tapadas, el agua alcanzó temperaturas demasiado elevadas en julio y agosto, la profundidad de los famosos remansos donde la trucha podía pasar el verano -Baseball Pool, Killcr Rock, Mosquito Point—se redujo y dejó de ofrecerle seguro refugio. Había pocas truchas de gran tamaño. Buena parte de la pesca se reducía a esquivar desperdicio y coger alevinos.

Al igual que muchos otros pescadores, yo defendía de labios afuera la conservación, leía por encima los artículos y noticias sobre el problema, pertenecía a uno o dos grupos de deportistas y, si surgía el tema cuando estaba con cualquiera de mis colegas, no le prestaba mayor atención.

La conversación de Art fue un punto decisivo. Los programas de urbanización inadecuados, la contaminación, la construcción vial carente de imaginación y los depósitos de sedimentos - todas causas clásicas de la degradación de los cursos de agua- habían dañado un río al que yo amaba y todo eso había ocurrido ante mis propios ojos. Yo mismo lo había visto. Los cambios fueron graduales pero, finalmente, ineludibles. Mi única respuesta fue ir en busca de nuevas aguas en parte porque la trucha de gran tamaño escaseaba, pero principalmente porque el sabor del río ya no era el mismo.

Entonces me propuse buscar las causas radicales.

Y busqué mejores respuestas.

- 2 -

El crecimiento demográfico es probablemente la causa más importante de destrucción de las corrientes de agua.

Hasta fines de la Segunda Guerra Mundial, la expansión demográfica de Estados Unidos fue lenta, pero segura. En 1850 el país tenia 25 millones de habitantes; hacia 1944 la cifra se había elevado a 145 millones, pero después de 1945 se produjeron cambios espectaculares. Aferrados a la idea de mercados en expansión, prosperidad de posguerra y tecnología médica e industrial en rápido avance, los norteamericanos dejaron que una verdadera fiebre se propagara desenfrenadamente en su propio país.

Adoptaron un nuevo culto: el crecimiento. Olvidaron que el crecimiento no es cantidad, sino calidad; trabajaron incesantemente para agrandar sus ciudades, sus fábricas, sus negocios, sus granjas, sus viviendas, sus automóviles e incluso el tamaño de sus familias. La población no aumentó... simplemente se produjo una explosión demográfica. En 1973 vivían en Estados Unidos 228 millones de personas.

Estos ciudadanos deben consumir enormes cantidades de productos industriales.

Deben consumir agua.

Deben salir de vacaciones abandonando momentáneamente las hacinadas y grises megalópolis en que habitan.

Leen periódicos, libros y revistas cuya materia prima se extrae de los arboles.

Producen desechos.

Cada una de estas actividades, y muchas más, afectan la vida de los ríos.

Y ahora, con el aumento de los ingresos y las facilidades de viaje, las familias se lanzan a las carreteras en cantidades que superan todas las marcas. Consideremos una sola estadística: en 1970, 6.778.500 personas visitaron el parque Nacional de las Montañas Great Smoky, de Tennessee y Carolina del Norte. Está previsto que esta cifra aumentar un 20 por ciento en 1980 y, por lo tanto, 8.135.200 personas pasarán por ese parque.

El porcentaje de pescadores excede con mucho la explosión demográfica general. En la actualidad, uno de cada seis norteamericanos practica la pesca. El año pasado se otorgaron 32.383.955 licencias y, de acuerdo con una cifra aceptada, el número de personas que pesca es un 12,5 por ciento mayor que el de las que compran licencias. Cada día que pasa, la pesca interesa a más y más personas. A causa de las presiones de la civilización y las tensiones de la vida moderna, muchos hombres experimentan la necesidad casi desesperada de huir de sus cuatro paredes y buscar refugio retornando a una de las simples actividades heredadas de nuestros pioneros: la pesca.

La demanda ecológica se ha incrementado vertiginosamente.

El incontrolado consumo per cápita de productos naturales creó problemas pavorosos. La negligente destrucción de nuestros ecosistemas, el premeditado agotamiento de nuestros recursos y la industrialización irreflexiva aumentaron en los últimos veinte años en proporción directa con una población indiferente o despreocupada.

En fecha reciente, un grupo de científicos se reunieron bajo los auspicios del Instituto de Tecnología de Massachusetts para efectuar un estudio de los "problemas ambientales críticos". Acuñaron la expresión "demanda ecológica" y la definieron como la "suma de todas las demandas del hombre sobre el ambiente, tales como la extracción de recursos y la devolución de desperdicios". Predijeron que esta demanda ecológica siempre correría pareja con el crecimiento demográfico o lo sobrepasaría.

Desde las épocas precolombinas hasta la primera parte del siglo XIX, aproximadamente, 4.800.000 kilómetros de vías acuáticas formaban parte del territorio de Estados Unidos. Durante este tiempo, aun cuando pequeñas comunidades urbanas luchaban por establecerse a lo largo de las costas o en los valles de los sistemas fluviales, desde Canadá hasta México y desde el Atlántico hasta el Pacifico, los ríos y arroyos corrían cíclicamente, sus aguas ascendían y descendían, inundaban repentinamente los terrenos adyacentes y se congelaban, se deslizaban libres de impurezas y acarreaban sedimentos, pero la flora autóctona de la tierra que atravesaban retardaba la erosión anormal. En efecto, la naturaleza, a través de los procesos evolucionistas, aseguraba el crecimiento de hierbas, arbustos y arboles cuyas raíces absorbían gran parte de la lluvia y de la nevisca, preparando el suelo para devolver lentamente el exceso de agua. Los pantanos y ciénagas ofrecían temporariamente una protección contra las inundaciones. Durante este período, había pocos habitantes en estas vastas tierras y la "demanda ecológica" era mínima, pero los tambores de la marcha evolucionista resonaban inexorablemente, con lenta y rítmica cadencia.

Desde comienzos del siglo XIX hasta fines de la Segunda Guerra Mundial, el número de habitantes fue en aumento y se diseminaron lenta pero seguramente a lo ancho y largo del país, transportados primero por caballos, luego por carretas cubiertas, después por ferrocarriles y, finalmente, por autos y camiones. La naturaleza de la tierra se modificó. Ya no había grandes extensiones desiertas; la industria floreció junto a los cursos de agua, los arados abrieron surcos en inmensas regiones, pero el país era suficientemente vasto para absorber todas estas incursiones en su ecología. El crecimiento demográfico no era tan intenso, el proceso de industrialización no había avanzado tanto y la "demanda ecológica" no era tan grande para que el aire, la tierra y los cursos de agua se contaminaran en medida perceptible.

Ahora la situación es diferente.

Uno de los factores vitales que la gente descuida es que los seres humanos, sea cual fuere el lugar donde viven o que visitan, necesitan tener agua pura. En Estados Unidos cada individuo consume alrededor de 6.800 litros de agua por día (550 litros para uso personal y 6.250 para la producción industrial y energética). En 1970 utilizamos en nuestro país 1,4 billón de litros diarios. (El caudal diario medio del gran río Mississippi asciende a 1,5 billón de litros diarios.) El agua pura es uno de nuestros más preciados artículos de consumo.

Los hombres se engañaron con la idea de que a medida que aumentaba la creciente demanda de billones de litros de agua, sería posible obtenerla fácilmente de las lejanas cadenas montañosas y las áreas de drenaje. Hace quince o veinte años existían aún muchas de esas vastas extensiones de tierras, pero hoy quedan pocas zonas que no se hallen afectadas por la contaminación o la explotación industrial.

Las apariencias son engañosas. Cuando uno vuela a través del país no puede menos que quedar impresionado ante la enorme cantidad de tierras presuntamente "intactas". Se podría pensar que la explosión demográfica es una táctica intimidatoria ideada por profetas agoreros... que hay millares de hectáreas y miles de ríos y arroyos que aún esperan ser explotados. Mire de nuevo por la ventanilla. ¿Cuántos caminos atraviesan esos territorios "vírgenes" ? Si alcanza a divisar un curso de agua fluente, estúdielo. ¿El bosque que lo circunda está demasiado talado? Probablemente. ¿La explotación minera a cielo abierto erosionó las márgenes? En algunas zonas, evidentemente. ¿El río o el arroyo inunda excesivamente los terrenos contiguos? ¿Está seco? ¿Está embalsado? ¿Es un sitio donde a usted le gustaría ir a pescar... o los programas de desarrollo avanzaron demasiado? En todas partes, y especialmente en los centros urbanos, el hombre debe recurrir para su subsistencia al agua y a productos naturales como la madera, el petróleo y el gas.

Ya no existen áreas remotas; ya no puede haber más complacencia. El mismo avión en que usted viaja es un factor en el acortamiento de las distancias. No hay ningún lugar de Estados Unidos al que no se pueda llegar en unas pocas horas. Nuestro país, que hace unos años parecía ilimitado, se ha achicado y continuará haciéndolo en el futuro. Mientras se dirigían a lejanos lugares en busca de agua pura, los hombres, impulsados por sus metas expansionistas, atacaban y destruían despiadadamente los ríos, arroyos y riachuelos que tenían al alcance de la mano. No consideraban a las corrientes de agua como entidades vivientes. No procuraban llegar a un justo término medio. Sólo existía el frenético empeño en construir, en crecer. Si, los árboles cercaban el paso, se los derribaba con topadoras; si las ciénagas podían sanearse, se las canalizaba; no importa que en 1971 hubiéramos pagado a los agricultores; por orden del gobierno, 2.75 mil millones de dólares para dejar ociosas quince millones de hectáreas de tierras de cultivo excedentes, o que el Servicio de Conservación de Suelos estime que en 1970 mil millones de toneladas de la capa superior del suelo fueron arrastradas por las inundaciones y las aguas que fluyen con demasiada rapidez. Si una empresa de desarrollo urbano podía obtener mayores beneficios levantando sus estructuras a orillas de un río, conectando tomas de agua y descargando sus desechos y residuos sin el tratamiento adecuado, lo hacia sin vacilar.

Vuelque los residuos industriales en el río. Sus aguas los arrastrarán. Construya casas en zonas expuestas a las inundaciones. El gobierno, el Estado, construirá diques o canales para "protegerlas". No importa que estas aguas se precipiten río abajo; allí se construirán más diques y canales. Invente plaguicidas más persistentes. Cuando hayan cumplido con su función, las lluvias se los llevarán. Venda más detergentes. No importa que algunos destruyan bacterias útiles y aceleren el crecimiento de las algas, debilitando a las especies de plantas y animales que viven en el agua. Deje caer los desperdicios en cualquier parte y en cualquier momento. Arroje latas de cerveza y envases de gaseosas en los arroyos; se necesitarán sólo 40 años para el reciclaje de una lata de aluminio, 300 años para un envase de hojalata y hasta 70 años para uno de material plástico.

Lo que en pequeña medida sucedió con el Schoharie, ocurrió también con el Goose Creek, el Cuyahoga, el Potomac y otros miles de ríos y arroyos. Ocurrió en todos los estados del país. En 1970, el 88.8 por ciento de todas las aguas fluentes de Estados Unidos estaban contaminadas o degradadas! No sólo los pescadores están a punto de convertirse en una especie amenazada; todos los habitantes de esta nación - que hace sólo algunos años se vanagloriaba del gran número de ríos silvestres existentes en el país se encuentran en una situación extremadamente peligrosa: el agua pura que consumen está en vías de desaparición.

Si, la destructiva demanda ecológica ha sobrepasado al vasto crecimiento demográfico. Pocas personas pensaron en las medidas que se podrían tomar para atender los diversos aspectos de esa demanda, con el fin de asegurar un crecimiento sano, al mismo tiempo que se protegían nuestros recursos naturales. Afortunadamente, en los últimos años ese reducido número de personas contagió a otras. Sus voces empezaron a elevares cada vez con más fuerza y hoy forman un coro que ha de hacerse oír. El gobierno federal y las legislaturas estaduales prestaron atención a los reclamos de ese sector de la comunidad y promulgaron algunas leyes. El Congreso Nacional aprobó la inversión de 7.8 mil millones de dólares para la purificación de las aguas. La población del Estado de Nueva York autorizó, por mayoría de dos a uno, una Emisión de Bonos para el Control Ambiental de 2.5 mil millones de dólares. Gracias a esta ayuda se pudo detener la oleada contaminante, pero el nivel de la contaminación sigue en aumento.

Es de esperar que dentro de poco tiempo Estados Unidos alcance un estado de "transición demográfica", es decir, la igualación de los nacimientos y los fallecimientos, pero hasta que llegue ese momento continuará el problema básico: el crecimiento de la población. La demanda ecológica

- y es de desear que sea una demanda ecológica sana – correrá pareja con el número de habitantes. Progresará la tecnología, aumentará la industrialización y la construcción seguir en ascenso. Nadie, ninguna fuerza previsible puede detener ese crecimiento. Pero los pescadores, para quienes el agua no es sólo un articulo de consumo, sino también un medio de recreación y esparcimiento, pueden y deben ejercer su influencia. No se trata de detener esas fuerzas, porque esto seria imposible, sino lograr que, antes de dar cualquier nuevo paso, tengan siempre en cuenta los efectos que su desmonte, construcción, canalización, embalse, contaminación y descarga de desperdicios tendrán sobre el ambiente, sobre el agua fluente, y de obligarlas, si fuese necesario, a abandonar sus proyectos o a llegar a un compromiso si sus trabajos son peligrosos.

Nadie puede esperar que nuestros actuales cursos de agua, nuestros r/os, arroyos y arroyuelos, recobren el prístino encanto que tenían hace cincuenta años. Algunos ríos se salvaron y otros se "recuperaron". Se ha hecho ya un importante trabajo y hay m s en curso. Se acrecienta la toma de conciencia general, pero queda mucho por hacer antes de que se pueda detener la aterradora curva de destrucción de modo que en el año 1980, 1990 y 2000 nuestras corrientes de agua no se conviertan en los canales de aguas turbias y limosas que figuran en los actuales planes y proyectos para el futuro.

- 3 -

"¿Por qué debe usted participar?"

Muchos conservacionistas responden diciendo: "Si no lo hace, no quedará nada para sus hijos". Tengo hijos y nietos y me preocupo por su futuro. Pero creo que existe un incentivo mayor.

Estoy dispuesto a trabajar para que mis descendientes tengan un lugar para pescar, pero de igual y quizá de mayor importancia es el hecho de que yo, yo mismo, quiero seguir pescando durante cinco, diez e incluso veinte años máis. Tal como andan las cosas, tal vez esto no sea posible.

¿Qué‚ podemos hacer, usted y yo: Nosotros somos hombres de trabajo, comerciantes con familias que mantener. Hay conservacionistas profesionales a quienes se les paga por su trabajo. Hay hombres que se dedican seriamente a este problema en el gobierno, en clubes y en asociaciones. La televisión, transmite ahora programas especiales, y los diarios y las revistas publican artículos acerca de la salvación de nuestros ríos y arroyos. ¿Qué puede lograr un solo individuo o un grupo de individuos?

ZAP es el rayo mortífero que emite el dedo de Broom Hilda y que lanzaba la pistola de Buck Rogers. Ese rayo hace desaparecer todo lo malo. El Journal-Bulletin de Providence, Rhode Island, cansado de consultores pagados, de costosos estudios y de promesas políticas designó y publicitó con el nombre de ZAP un proyecto para sanear uno de los pozos negros más sucios del este del país, el río Blackstone. Los miembros del departamento de promoción sostenían que los ciudadanos de Rhode Island y Massachusetts responderían si se apelaba a ellos. Y tenían razón.

El 6 de setiembre de 1972 se reunieron diez mil ciudadanos inquietos y conscientes. Representaban a todas las clases sociales; obreros, profesionales, gerentes de componías constructoras y operarios de sus equipos, desocupados, reservistas del ejército y miembros de la Guardia Nacional, niños, estudiantes, amas de casa, Boy Scouts, maestros, Girl Scouts, miembros de los batallones de construcción del Cuerpo de Ingeniería Civil de la Marina de Estados Unidos, secretarias con sus jefes, reporteros de diarios y sacerdotes. Al finalizar el día, diez mil personas habían extraído del fondo del río Blackstone diez mil toneladas de chatarra y basura... mil kilogramos per cápita, que fueron apiladas a lo largo de las márgenes del río, a la espera de los camiones que las transportarían a los numerosos vaciaderos de desperdicios preparados para recibir esa carga. La fase 1 del proyecto ZAP no transformó una alcantarilla industrial en un río saneado y apto para la pesca, pero fue un comienzo y demostró lo qué podía llevarse a cabo con el concurso activo de la comunidad. La revista Field & Stream publicó la historia y no es exagerado esperar que entre el vasto número de sus lectores muchos pongan en marcha sus propios proyectos locales.

En Estados Unidos hay treinta y nueve millones de pescadores. Si cada no quiere salvar su pesca saneando y manteniendo limpio su curso de agua favorito, podremos hacerlo. Pero debemos estar motivados. Debemos saber cuáles son las cosas que causan daño a nuestros ríos. Debemos tornarnos el tiempo necesario para estudiar nuestras corrientes de agua, y no limitamos simplemente a pescar en ellas: tenemos que averiguar cuál es la ayuda disponible y de que fuentes específicas proviene. Y no sólo una o dos personas, sino todos nosotros.

Este libro se propone brindar al lector una visión de los aspectos del problema: cómo detectarlos y qué se puede hacer acerca de ellos. Está dividido en tres secciones. Con el fin de establecer una base, William Flick documenta los parámetros fundamentales de una corriente de agua normal; Ben East señala los principales tipos de transgresiones cometidas por el hombre, y otros distinguidos expertos describen métodos definitivos que usted, como individuo, puede aplicar para hacer su parte, ayudando de ese modo a asegurar la sanidad ambiental.

La conservación del agua fluente crea un estado de armonía entre el hombre, por una parte, y los ríos, arroyos y arroyuelos, por la otra. Pasará mucho tiempo antes de que este simple enunciado se convierta en una realidad. Tendremos que aprender, como un principio ‚tico, que el agua y sus fuentes no son posesiones privadas de las que cualquiera puede disponer y abusar a su antojo. El hogar de un hombre puede ser su castillo, pero tendrá que comportarse de manera de no destruir o contaminar ni siquiera una pequeña parte de cualquiera de los recursos fundamentales existentes en la naturaleza.

Ninguna persona o empresa de desarrollo urbano podrá edificar ya junto a las márgenes de un curso de agua sin proveer instalaciones adecuadas para el tratamiento de las aguas cloacales.

Ningún agricultor podrá usar ya un exceso de plaguicidas si estos contaminan el agua de escurrimiento.

Las fábricas ya no podrán descargar sus residuos en el río.

Pero esto no se conseguirá mediante leyes, porque la mayoría de esas leyes están vigentes, sino porque el hombre se atendrá a un credo moral de validez universal: "El agua y el aire son elementos preciosos que pertenecen a toda la población; ningún individuo tiene derecho a corromperlos".

El gobierno debe desempeñar su papel - y lo desempeñar - mediante la promulgación de leyes adecuadas; debe abstenerse de construir represas, desmontar bosques y canalizar en forma indiscriminada; y, por último, debe suministrar dinero, aunque ninguna suma de dinero, por amplia que sea la base impositiva y por severas que sean las penalidades, puede ser una solución a menos que se desarrolle y difunda una ‚tica universal, una conciencia social acerca de la importancia del agua y de su entorno.

Como sociedad capitalista, uno de nuestros ídolos es el interés personal. Es erróneo decirle a un granjero que no apacente su ganado en la ladera demasiado empinada que bordea un río, debido a los terribles problemas erosivos que provocaría, si ésa es la única pastura que posee, y si él y su familia tendrían que vivir de la ayuda del gobierno en caso de que sus rebaños carecieran de pasto. Pero si existe una preocupación general, se podrá encontrar algún remedio: quizás un vecino podrá ayudarlo a cercar una franja de terreno, en la que se plantarían árboles para proteger el río. Siempre hay soluciones. Uno de los principios básicos del capitalismo es el uso atinado de los recursos fundamentales. La naturaleza, piedra angular de la existencia humana, es nuestro recurso fundamental.

A la larga, toda nuestra economía tendrá que aprender a aceptar la tesis de Aldo Leopold: "La ética de la tierra modifica el papel del Horno Sapiens quien de conquistador de la comunidad terrestre se convierte en simple miembro y ciudadano de ella". La industria no puede destruir o contaminar porque si lo hace destruir su propio mercado.

¿Cómo puede establecerse dicha ‚tica? ¿Cómo se establece cualquier código moral? Por la voluntad de la mayoría del pueblo pero comienza con unos cuantos individuos qué adhieren a una creencia. Conversan sobre el tema entre ellos, con hombres de negocios, agricultores y constructores. Lo discuten con sus hijos. Plantean el asunto en las reuniones de la Asociación de Padres y Maestros y convencen a los educadores para que escriban o recomienden libros de texto que expongan ese principio. No en las clases de ciencias naturales, sino en las de gramática, historia, ciencias y economía. El dogma de Leopold - según el cual en el mundo actual densamente poblado ningún individuo y ninguna empresa tienen derecho a contaminar o destruir nuestros recursos naturales por razones egoístas - debe llegar a ser un dogma para todos nosotros. Si son pescadores, dan el ejemplo trabajando ellos mismos en la conservación de las márgenes de los cursos de agua; aprenden a observar y alabar públicamente el comportamiento ético adecuado con respecto a una corriente de agua y a expresar su oposición cuando un acto contraviene el principio básico. Se podrá argumentar que la contribución de una sola persona no tiene mucho valor, pero usted, m s otros treinta y nueve millones de personas, constituyen un ejército poderoso. Cuando lea los diarios y revistas acostúmbrese a buscar las noticias sobre cualquiera de los proyectos de ley, nacionales o estaduales, que están a consideración del Congrego y del presidente de Estados Unidos o de la legislatura o el gobernador de su Estado. Si aprueba o desaprueba el proyecto, tenga suficiente fe en su deporte para escribir a su representante en el Congreso. No es necesario que sea una extensa y detallada carta: escriba simplemente: "Estoy a favor" o "Estoy en contra".

Treinta y nueve millones de pescadores. Si el 10 por ciento de ellos escribiera, el Congreso recibirla 3.900.000 cartas. Preste atención a aquellos proyectos que ya tienen fuerza de ley. La Ley de los Ríos Silvestres procura preservar algunos de nuestros ríos en "estado silvestre para siempre". Si en su territorio hay un río de cuya inclusión se está hablando o si piensa que un río que usted conoce debería ser incluido, dígaselo a sus amigos, empiece a trabajar, apoye el proyecto o sugiera el nombre de este nuevo río al diputado de su distrito.

El gobierno asignó ya grandes sumas de dinero para terminar con la contaminación en algunos de nuestros ríos. Este es, sin duda, un gran paso adelante, pero donde hay en juego millones de dólares aparecen fatalmente oportunistas. Cuide que por lo menos en este problema que a usted le interesa no haya favoritismos. ¿Cómo? Escriba al diputado o senador de su distrito cuando su Estado reciba las sumas votadas. Pregunte cómo se invertirán las asignaciones recibidas y cuánto se ha gastado ya. Como pescador y ciudadano usted se asombraría de la detallada información que tendrá a su disposición con sólo pedirla. Si no le agradan los números, recurra a un contador o un comerciante amigo que le ayude a revisarlos. El interés que demuestra un gran número de personas es el mejor agente de policía del mundo. Y, sobre todo, vote por sus legisladores sobre la base de sus antecedentes como conservacionistas.

En muchas comunidades funcionan clubes de pesca, algunos locales y otros de carácter nacional. La mayoría de estos clubes, o sus filiales regionales, se interesan por algún proyecto local de conservación de las aguas y llevan a cabo un trabajo sumamente valioso. A pocos cientos de kilómetros de la ciudad de Nueva York se realizó ya una importante tarea de conservación en el Beaverkill, el Battenkill, el Amawalk, el sistema del Croton, el río Saddle y otros cursos de agua. Sin esos grupos, nuestras aguas fluentes estarían en un estado mucho m s lamentable que el actual. Si usted no es miembro de ninguno de estos grupos, incorpórese a uno de ellos. Si usted ya lo ha hecho y colabora en los proyectos de conservación de las aguas.... ¡magnífico! Pero es posible que usted haga lo que la mayoría de los socios de los clubes a los cuales pertenezco: unos cuantos soldados esforzados y entusiastas hacen todo el trabajo y los demás hablan de labios afuera.

Sería mucho mejor y mucho m s fructífero si mayor número de miembros creyeran y trabajaran en la conservación práctica de las corrientes de agua. Si usted no dispone de horas libres o no quiere realizar un trabajo físico, tiene muchos caminos abiertos que aún no fueron verdaderamente explorados en los proyectos de conservación patrocinados por clubes. Muchas veces el dinero es el ingrediente indispensable, pero falta. Una idea en la que estuve trabajando y que los compañeros de mi club desarrollan ahora conmigo consiste en obtener donaciones de las empresas comerciales, grandes y pequeñas, de la localidad. Casi siempre resulta inútil hablar con el director de una firma y pedirle que contribuya a un proyecto conservacionistas con una parte del dinero que su compañía destina a obras de beneficencia y que está libre de impuestos. Su respuesta sería: "¿Por qué tengo que dar dinero para ayudar a unas cuantas personas a quienes les gusta pescar?" Si le presentáramos en cambio una documentación bien preparada, demostrando que la conservación de las aguas beneficia a toda la comunidad, el ejecutivo podría escuchar y contribuir. Y su empresa podría recibir como recompensa una gran publicidad local y quizás una placa de bronce permanente junto a una corriente de agua.

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Algunos de mis compañeros de pesca no son miembros de grupo de trabajo alguno, pero aman los ríos y la pesca de calidad. Estas personas están alarmadas por lo que ocurre con nuestros espejos de agua y trabajarán para su conservación. ¿Qué puede hacer un individuo por si mismo? He aquí algunos ejemplos:

Parte de un río truchero del Estado de Nueva York corre a través de exuberantes pasturas y la mayoría de los dueños de esas tierras son m s que generosos al otorgar a los pescadores permiso para pescar. A diferencia de otros ríos de pradera más afortunados, las fuentes de ese río se hallan en la montaña; la nieve se derrite y a causa de las fuertes precipitaciones pluviales sus aguas se encrespan deslizándose rápidamente cuesta abajo. Unos pocos árboles solían crecer a lo largo de las márgenes, pero la erosión de la corriente socavó el suelo debajo de las raíces, provocando su caída. El ganado pastaba junto al río, internándose en sus aguas para beber, con lo cual las orillas seguían desmoronándose. Aún había truchas, pero el río estaba casi siempre turbio y fangoso.

Un amigo mío y yo solíamos frecuentar regularmente esa sección del río en busca de truchas. Poco a poco encontré lugares más románticos, pero mi compañero continuó pasando allí sus fines de semana, en procura de los grandes ejemplares amarronados por los cuales había adquirido su fama ese sector del río. Hace tres años volví a reunirme con mi amigo. En el sitio donde siempre estacionábamos el auto, había ahora un nuevo cartel que decía: "Para pescar en estas aguas tiene que pagar un gravamen de 5 dólares. Por favor, diríjase al propietario." Cuando estaba a punto de abrir la boca para quejarme, mi amigo sonrió y dijo: "Antes de protestar, v‚ a pagar tus cinco dólares. No hace falta que vaya contigo. Yo tengo cuenta corriente".

Después de ser recibido amablemente por el dueño de la granja, volví con un papel en la mano. Este es el resumen de su contenido:

"El dinero que usted nos entregó se invierte estrictamente en el mejoramiento del río. El año pasado recolectamos 595 dólares. Se gastaron 437,65 dólares para construir una cerca:

196,43 para alambre

137,15 para postes

104,07 para sueldos, a razón de 2 dólares por hora

157,35 para árboles y plantas

Total 595,00 dólares

Con su contribución, este año plantaremos más árboles y colocaremos un encofrado de piedras. Espero que disfrute de una pesca mejor".

Mientras preparábamos nuestros aparejos, mi amigo me contó que cuando se le ocurrió la idea no fue muy difícil convencer al propietario. Le mostró cómo iba desapareciendo la capa superior del suelo y le explicó que el cerco de una franja de tierra para proteger el río no le quitaría una gran extensión de su pastura. Si alguna vez quería vender sus tierras, un rio truchero bien protegido incrementaría en muchos dólares el valor de su propiedad y, sobre todo, le aseguró que esos trabajos de mejoramiento no le costarían ni un centavo. De todos modos, el pescador que no quería pagar cinco dólares para mejorar la calidad de la pesca no merecía que lo dejara entrar en sus tierras. Pero el lado m s positivo de toda la negociación fue que el propietario convenció a dos de sus vecinos para que hicieran lo mismo.

Cuando llegamos al río, observé de inmediato que ambas orillas estaban protegidas por una empalizada de veinte metros. El ganado sólo tenía acceso y podía cruzar por dos lugares. En la franja protegida empezaban a crecer los árboles, y las raíces de los alisos y sauces impedían ya el lavado del suelo. Las aguas estaban mucho menos turbias y la pesca había mejorado sensiblemente.

Otro amigo mío está construyendo un centro pesquero en las márgenes de un río relativamente lejano. Es el tercero que se levanta en una zona donde hace cinco años no había ni siquiera un sendero para jeeps. Este conservacionista instaló, a un costo adicional, uno de los nuevos sistemas de desagüe y saneamiento independiente y autolimpiante de aceites minerales, con el fin de no correr el riesgo de contaminar las aguas. Ninguna ley le obligaba a hacerlo, pero era un hombre que se preocupaba realmente por la preservación ambiental.

Otro habitante de la región es un contratista que posee una modesta empresa constructora. Sin ningún costo para el Estado, una o dos veces al año ofrece uno de sus pequeños tractores oruga y sus servicios como maquinista. Bajo la supervisión de funcionarios del Estado repara los deterioros o trabaja en otros mejoramientos de las corrientes de agua. No conozco a ese hombre, pero le estoy muy reconocido y le he escrito, como ciudadano consciente, para agradecerle sus esfuerzos.

Y tenemos, además, el ejemplo de Art Flick, quien lucha constantemente contra las amenazadoras fuerzas de la contaminación, pero cada primavera le roba algo de tiempo a su deporte favorito para conseguir más de doscientos vástagos de sauces en el Departamento de Conservación, que él mismo planta a lo largo de las márgenes de uno de nuestros cursos de agua. Con el correr de los años esos retoños han crecido y es notable el control que ejercen sobre los daños producidos por las inundaciones. La vegetación que cubre las orillas de la vía de agua actúa como muro de contención, el agua fluye r pida y fría, y la pesca mejoró en forma acentuada. Este año los Quill Gordons volvieron a este río cuando Art casi había dado por perdido su retorno. En un frío día de abril, cuando la temperatura era demasiado baja para que salieran del agua, Art los recogió con las manos, los calentó con su aliento y los llevó a salvo hasta los matorrales que crecían junto a la orilla, donde pudieron descansar y aparearse.

Hay muchos héroes ignorados. Pero el factor estimulante es que cada mes aparecen más y más pescadores conscientes, provenientes de todas las clases sociales, que usan su imaginación, sus energías, su dinero y su fuerza de voluntad para contribuir a la conservación de nuestras das de agua.

A mi juicio, uno de los ejemplos más admirables de acción individual es el caso de un apache Chiracau que vive en las Montañas White, de Arizona. Este hombre, que tiene ahora más de setenta años, acompaña todavía a deportistas a quienes hace tiempo conoció o sirvió de guía en la Reserva y les muestra los parajes donde se encuentran los grandes ejemplares de truchas, osos o ciervos. Hace varios años me llevó un día hasta el río Black. Mientras yo preparaba mi caña, se alejó repentinamente de mi lado internándose en el río. Hundió tan profundamente el brazo que su cara rozó el agua y extrajo un envase de cerveza. Sin decir palabra, lo aplastó con el pie, sacó una hoja de papel de una cajita que guardaba en uno de los bolsillos de su alforja, la desdobló y con un clavo y una piedra fijó la lata con el papel en un árbol cercano. La nota impresa decía: "Este envase de hojalata fue encontrado y recogido en este sitio. ¿Es usted quien lo dejó? Es bueno que sepa, usted o cualquier otra persona, que las latas y la basura no embellecen el río".

Le pregunté dónde había mandado hacer las notas y me contó que su esposa era maestra y la escuela donde enseñaba tenia una pequeña imprenta en la que imprimió, de su propio peculio, varios cientos de copias. En otro tiempo tenía que clavar esos avisos en gran cantidad, pero al parecer surtían efecto porque ahora la gente era menos descuidada. Luego agregó unas palabras que quedaron grabadas en mi memoria: "La mayoría de la gente que dejamos en la Reserva son buenas personas, pero algunas de ellas no saben comportarse o son tan egoístas que nada les importa. Algún día todo el mundo tendrá que aprender a cuidar de las cosas. "¡Son tan hermosos los ríos!".

Creo que esto es lo que está ocurriendo hoy con la conservación de los ríos. Más y más personas aprenden a cuidar de nuestros cursos de agua. Esto es especialmente cierto en el caso de los pescadores. Hasta que la ética sea ampliamente aceptada, ellos deben estar dispuestos a ser custodios de sus hermanos. Después de haber pasado el día entero en el río, quizá vuelvan a sus casas con la canasta repleta de envases de plástico y latas aplastadas en lugar de pescados. Quizá puedan aprender a observar el agua con más cuidado y a detectar los problemas antes que sea demasiado tarde. ¿Los remolinos erosionan el remanso con demasiada fuerza? "Si consigo permiso del Departamento de Conservación, tengo un amigo que transportaría un montón de piedras que podríamos colocar en el sitio adecuado. "¿Una pequeña fábrica descarga nuevamente sus residuos en el río? " Hará un llamado denunciando el hecho, con el fin de que los funcionarios responsables pongan coto a esa transgresión."

Treinta y nueve millones de pescadores. Podemos mantener nuestras aguas fluentes donde están hoy y, si todos trabajamos, podremos mejorarlas.

Podemos y debemos convertirnos en "leales y verdaderos compañeros" de los cursos de agua en que pescamos; de lo contrario, los pescadores llegarán a ser una especie en peligro de extinción.